lunes, 9 de octubre de 2017

La vida se encanece


La felicidad, como padres, de ver que al hijo le salen los primeros dientes, aunque sepamos que le molestan un poco las encías, es inversamente proporcional al quebranto interno de ver que el padre de una, ya octogenario, ha comenzado a perder parte de su dentadura (y le miras tiernamente comer con parsimonia sus alimentos, pensando que no sólo son los dientes: algunos hilos de la memoria también se le han caído por ahí en las andanzas del tiempo).

miércoles, 14 de diciembre de 2016

A veces se empieza por el final

Primera edición del texto escrito y leído por Clara Stern
en el Día Nacional del Tango (11 de diciembre) de 2015

Al concluir la lectura de algún texto significativo, cierra una las tapas del ejemplar y exhala... recordando o sintiendo de golpe o, mejor dicho, comprendiendo lo que uno lleva dentro y, de inmediato, se vuelve tangible tras la lectura.

Empiezo por el final, respiro y exhalo, como si la madeja de Oblivion se desenredara desde mis entrañas: abro la tapa que por cuarta de forros sólo dice Asociación Mexicana Tango para Todos, A.C., y, en el colofón, me entero que tengo el ejemplar 167 de los cuatrocientos impresos y encuadernados artesanalmente, en Ciudad de México, de una plaquette (impresa en octubre de 2016) que contiene un texto sencillo, como el suspiro, pero profundo como el resuello de la memoria tras la revelación.

El pequeño texto, editado bajo el cuidado de esa asociación, es de Clara Stern, mexicana de descendencia alemana quien, muy de paso, nos comparte su experiencia en el tango a partir de la interpretación que ella ejecuta de esta música en el bandoneón, pero, ante todo, nos comparte su pasión por encontrar  tras una trayectoria de encantamiento, búsqueda y aprendizaje la música, que, en esencia, es su sentido de vida, en las entrañas de un instrumento musical que se expande, se comprime, se contorsiona, gime... respira... susurra y canta con estruendo: el bandoneón.

(Según el músico Dino Saluzzi, este instrumento "se ha convertido en un símbolo de la cultura de Buenos Aires y Argentina, es un instrumento que vino de la mano de los inmigrantes de Alemania y se ha convertido en el predominante de la cultura del tango y de Argentina".)

ilustración de Luis Scafati.
En Esa caja que respira. Notas de una bandoneonista, cuyo texto mantiene un tono sublime que nos lleva de la sorpresa a la emoción de sabernos cerca del resuello de Ástor nombre del bandoneón de Clara Stern y de la nostalgia al entendimiento, la autora nos explica las dificultades y el placer de interpretar con este misterioso instrumento, "criatura de la noche", del cual nos dice:

es una artesanía, irrepetible, con piezas únicas, y esto, aunado por supuesto a su inconfundible y ronco sonido, le da una personalidad de sabio antiguo, y a la vez del que siempre quiere ser el centro de la fiesta. El bandoneón tiene la arrogancia intrínseca del que se sabe excepcional; le toca al intérprete sacarle todos sus matices y civilizar su sonido para domesticarlo y ensañarle a tocar con los demás y hacer los dúos, los tríos, cuarteos, sextetos, las orquestas típicas de tango; apaciguarlo en la tormenta y, en otros momentos, rozar con la piel la seda de sus círculos de nácar, presionando las variables profundidades de sus teclas [...] que son como una clave en Braille (pp. 9-10).

La crónica que nos ofrece en su plaquette es un segmento de pasión que mueve y conmueve; quien la lee, se apropia de la historia de Stern, sin necesidad de ser bandoneonista, sólo basta sostener el abrazo cerrado con las palabras y fluir en su texto que es como la partitura de un tango, el más íntimo que hace que una baile a dos palmos sobre la duela y termine exhalando un suspiro de satisfacción.

lunes, 2 de mayo de 2016

Textos desde el Tíbet 7

Y dijo, de la forma más ambigua para expresar su cariño ésa que lleva hacia el mismísimo e inevitable desamor, que la buena mujer sería la mejor madre de sus hijos. Y tuvo a sus hijos en la imaginación y los llevó al lado de ella para tenerlos con la madre que buscaba para ellos.
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La buena mujer, llena de infinita bondad, abrazó con ternura a esos hijos suyos, producto de la imaginación; aferrada a ellos, resguardó la virginidad de su útero para dar a luz a los hijos del padre que había elegido para ser la mejor madre de los hijos de ella.
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Y, así, siendo toda ella concavidad para ordenar la vida, se abocó a ser madre de esos hijos sin vida y a constreñirlo a él a su forma de vasija para volverlo el padre de los hijos no nacidos. Lejos de ser cóncava y convexa, sólo útero solo y tanático, sin jardín en sus balcones y sin Eros, seguía esperando los hijos que él traería...
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Con los hijos sin vida, dejó de ver el futuro en ellos y, viviendo viviendo, comenzó a mirar hacia afuera y encontró a otra mujer mirando en la misma dirección; ambos fueron cómplices, experimentaron la vida y, finalmente, él tuvo hijos, pero no con la buena mujer, la mujer-útero, sino con esta otra que lo hizo desear la vida y con quien, sin proyecto de hijos, los fecundó porque, cóncavos y convexos, uno y otra, ambos fueron el mejor útero para la vida.

sábado, 16 de mayo de 2015

sábado, 4 de octubre de 2014

Gazapos trogloditas




Una se esmera corrigiendo un libro, deshierbando la maleza de errores ortográficos, ordenando primigenias jerarquías tipográficas en formato word (sólo para dar una obvia guía a quien diseñará el libro, a fin de que pueda discernir entre párrafos, títulos, subtítulos, citas, transcripciones, incisos…) y dando uniformidad al texto a partir de criterios editoriales (uso de mayúsculas y minúsculas, versalitas, cursivas, negritas, etcétera).

Una doblega las vértebras ante el texto para hacer del orden de las palabras —a veces caótico— una armonía cósmica inteligible para el lector. Incluso, una desentraña de la frigidez intelectual de un autor no apto para la escritura lo que éste quiso decir y la forma como pretendió decirlo, procurando mantener su estilo con la finalidad de no rebasar los límites lingüísticos a los que podría llegar o manteniendo su altura (cuando es de altos vuelos).

Ante ese esmero, que por momentos se vuelve una lid de ingenio contra palabras-rocas-informes 
—combate donde el intelecto se escuda tras diccionarios (de conceptos, de sinónimos, de dudas del lenguaje, ideológicos…), manuales y búsquedas en fuentes fidedignas—, inevitablemente (a veces, a pesar del texto y, a veces, a pesar del autor), una sale triunfante ante la legibilidad y la uniformidad obtenidas, que iluminan como si el pulimiento hubiese desentrañado del Averno la presencia angelical del número áureo (de buen gusto para todos, aunque pocos sepan que está ahí, porque lo miran sin verlo).

En esa lucha de mente y cuerpo contra las palabras, una grita fuerte contra ellas y éstas chillan, como bien decía el poeta Octavio Paz.

Una se esmera en la óptima entrega de su labor (con fatiga intelectual y física de por medio), sin considerar las manos en las que se deposita el resultado: a veces diestras, otras confiadas y, por desgracia, algunas garras burdas.

Cuando se recibe de vuelta el trabajo montado en un diseño, una vuelve a encorvar el lomo y a hacer de los ojos lupas para observar de nuevo el contenido y atrapar la gordita errata con patas de chinche o el tramo de incoherencia que se pudieron haber filtrado en la corrección, y —como quien bajo el atardecer le mira las chichis a cada hormiga— una busca el detalle o su ausencia dentro y fuera de la mancha tipográfica.

Es el momento de la cacería más fina, más precisa y silenciosa: ojos y mente (también, a veces, a pesar del diseño) buscan insistentes el brillo áureo en la uniformidad de las paginas y sus folios, acordes con el contenido del índice, en la detección de líneas viudas y huérfanas, en el uso correcto de guiones, rayas, silabación, sangrados, interlíneas, descolgados, pantones…, página a página, párrafo a párrafo…

En este rastreo de la presa, una habla suavemente con el texto (y a veces despotrica contra algún diseñador con falta de pericia; una no se encabrita contra el diseño porque éste tiene lo más importante: el contenido y las constantes de las formas gráficas); con dulzura lo expurga, como quien atrae a un gato solovino para compartirle caricias o alimento necesario y, cuando se le tiene confiado entre las manos, le tusa las lanas que tanto daño le hacen.

En una cacería así de meticulosa, cómo hace ruido la imprudencia del autor o del responsable de algún texto (por lo regular más consciente el primero) que, luego de recibir el documento corregido sobre el que se dobló la espina y antes de pasarlo a diseño, lo “depura” sin corregir más nada que no sea el cierre, a diestra y siniestra, de espacios entre palabras, porque en el procesador de textos básico —que además no sabe usar— los ve abiertos y, también, porque olvidó, primero, que una es cazadora de manchas y espacios, de marcas y ausencias, y, segundo, que se le hizo saber en la entrega del documento corregido que ya estaba limpio de espacios dobles (de los tantos que tenía en su original).

Hace ruido el rebuznar de ese acto porque, cuando vuelve a una el texto formado en un diseño, además de buscar la presa ortotipográfica oculta, se distrae la mente al anular como las bolitas en el antiguo videojuego de Pacman la plaga de gazapos que brincan distrayendo permanentemente para que no se encuentre la errata mayúscula.

Moraleja: si usted es autor o el responsable de un texto que debe ser impreso y tiene un corrector de estilo editorial que le ayuda, no olvide consultarlo sobre el trabajo que él hace para usted. Consúltelo antes de cagar la labor del diseñador y del corrector —a quien horas cuerpo: principalmente nalgas, vértebras y dedos, así como horas intelecto le cuesta llegar a un buen resultado y, ante todo, consúltelo antes de hacer mierda su propio libro o el libro del que usted es responsable.

Aquí las imágenes de un segmento del texto ya “limpio” entregado por el corrector a quien lo contrató y, por último, el texto que el personaje de las garras entregó para su diseño (después de “depurar” el trabajo ya hecho) y donde brincan, libres de su imprudencia, los gazapos-teporingos, los gazapos-sapos, los gazapos-liebres, los gazapos-trogloditas y hasta torpes gazapos-gigantes-de-Flandes, mientras la erratas discretas andan por ahí desplazándose en su acompasado vals:

Texto "limpio" 1



"Depuración" imprudente del texto "limpio" 1

Texto "limpio" 2




"Depuración" imprudente del texto "limpio" 2


domingo, 20 de abril de 2014

Textos desde el Tíbet 6

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A veces una se cansa de ser musa; entonces decide quitarse el tul y los laureles (colocados por alguien que decidió que era bueno llevarlos encima) y, sin más nada que el cuerpo desnudo, una se vuelve mujer para entregarse así y amar, con toda la vulnerabilidad a flor de piel, sólo por el deseo de abrazar y besar de verdad, a pesar del destino cronológico de los mortales, y sin esconderse, a pesar de lo que siempre esconden los mortales…
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Pero como yo siempre he llegado tarde… demasiado tarde… porque nací en diciembre (último mes del año) y para colmo en día 29 (cuando las navidades, con sus posadas y recalentados, han dejado sin aliento a los que aman  —desgastados en distribuir su tiempo, sus ganas, sus deseos en regalos y abrazos—; cuando están buscando en los ahorros con qué pagar la cena de fin de año, el recalentado del día primero; preocupados por la rosca de reyes, los regalos para los hijos, el regreso a las labores y rutinas —otras, distintas de diciembre—…).
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Nací cuando nadie tiene tiempo para detenerse, desnudarse y descubrirse siendo alguien en un abrazo y besos compartidos…, así que sólo me toca esperar…
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Y cuando una es mujer, esperar desnuda es terrible… 
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Soy alérgica al invierno de diciembre, el que congela en pleno día 29 las narices y las manos y los pies y las orejas, fecha en que nadie quiere salir de sus casas, de sus cobijas, de sus hogares de fuego apagado…
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Y espero… cada día del último mes del año…; cada día de los primeros meses del nuevo…
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Llega la primavera, con sus soles breves, sus flores, mariposas, cantos de mil voces y lluvias permanentes con granizos enfadados… y el asma que tanto me vulnera; entonces el amante que espero saluda y avisa que vendrá mañana, pero mañana se le olvida, y tres días después se disculpa por el clima que le impidió llegar… Y espero…
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Meses después anuncia el amante que todavía no está listo porque su familia, su esposa, sus hijos… qué va a hacer… tiene tanto miedo de que la mujer le exija el divorcio de nuevo, como hace diez años, y que otra vez le impida ver a sus críos… y ya no está para eso…
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En su zona de confort, con nuevas canas, el amante se enfría en su rutina y yo me congelo y me alergio de ser mujer, me envuelvo en el tul y preparo un consomé de gallina con zanahoria, papa y dos hojas de laurel 
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sábado, 19 de abril de 2014

Los insólitos peces gato



De los peces gato sólo sabía que tienen cara de bagres bigotudos; recién sé que la mayoría son de agua dulce; también recién me entero que son carroñeros, nocturnos y viven a poca profundidad. Por eso en las peceras domésticas se les mira pegados en los cristales, con su trompa de ventosa, limpiando (carroñeando) las paredes.
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(¿Y de quién es ese rostro
de mujer afelinada?
Sé que lo he visto
en algún lugar, pero
no recuerdo dónde…)
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Igual que los peces gato, algo carroñeros y al inicio nocturnos, viviendo tal vez en la superficie de la hostil rutina cotidiana, son los personajes de la película mexicana Los insólitos peces gato; quienes, conforme avanza la historia, "insólitamente" se vuelven pececillos dorados (tiernos y atractivos animales que se han vuelto tan comunes en los acuarios caseros, luego de haber sido una de las primeras especies salvajes en ser "domesticadas" por los chinos hace más de mil años). Transformados los personajes, muestran el lado amable de la convivencia en la apretada pecera de la vida cotidiana.
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(¿En qué otra película he
visto a esa mujer-felina?
No lo sé… Qué extraño,
el tiempo me hace olvidar
a las actrices… pero su
rostro me es tan cercano...)
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Con la vida al borde de la muerte y la soledad extrema (cuando ésta es por abandono de sí y de los otros, también es una forma de acercarse a la muerte), quienes hallan el sentido de la vida saben aprovechar cada instante para cambiar sus circunstancias. Así, Martha (con una verosímil y lograda actuación de Lisa Owen) y Claudia (representada por Ximena Ayala), en situaciones extremas, logran resolver para bien de sí sus circunstancias y encauzar la de los integrantes de la familia.
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(¡No he visto a esa actriz
antes, pero me es
familiar… qué importa…
sigue la película!)
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El guión de Claudia Sainte-Luce para esta película es atractivo, simbólico, sencillo (no simple), lineal y con muchas elipsis (para un espectador común, como yo, que no ha leído el guión es difícil saber a ciencia cierta hasta dónde se respetó éste, si ya existía previamente, y qué tanto fue modificado en el transcurso de la producción…, o si se fue haciendo mientras se filmaba…). Eliminar escenas innecesarias favorece la agilidad del relato; lo lineal, no tanto, sobre todo cuando la naturaleza del relato da pauta a predecir algunos sucesos y, en su caso, tal vez, hasta el final.

Por supuesto, el chiste de algunas historias no está en lo que se cuenta, sino en el cómo se cuenta. El chiste no es saber qué va a suceder (si nos lo están anunciando desde el principio), sino en cómo se entraman las peripecias para que suceda lo predecible y, en su caso, la sorpresa viene cuando lo predecible sucede, sí, pero con un matiz inesperado en su significado.

En el cómo se cuenta hay que agregar los medios para contar: iluminación sonido, música (discreta y justa para esta película), puntos de vista de la cámara (desde arriba, para dramatizar, o sin tripié, para hacer más estrecho o subjetivo el espacio), vestuario, ambientación y todos esos múltiples "detalles" que uniforman y mantienen el tono de lo que se cuenta bien embonado en el cómo se cuenta, y que para bien de Los insólitos peces gato, no obstante la temática, estos "detalles" no llevan a la cursilería ni a excesos de explicaciones o planteamientos socioeconómicos o culturales.

No es una película para reírse a carcajadas ni para soltar el moco ante la tragedia, sino para pensar, y no hay muchos espectadores a los que les guste ir al cine a pensar -entre pensar y predecir el final, sentirán que se aburren un poco-; es una película para interpretar y descubrir el guiño sobre el planteamiento de las relaciones familiares, así como sobre el ritmo íntimo (de quien medita), detenido en la filosofía de la vida.

No la percibo como una película excelente (y soy en extremo subjetiva para dar mi opinión), pero vale la pena verla como una provocación del cine contemporáneo mexicano, bien actuada, bien planeada, bien realizada…

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¡Y cuando pasaron los créditos
no di crédito a saber
que sí conocía a esa mujer,
la mujer de ojos de gato!:
Sonia Franco, compañera
de la Escuela de Escritores
de la Sogem del DF, quien
ya cuenta con una larga
trayectoria en la actuación…

¡Desde acá felicito a Sonia,
por su buena participación
en la película y a todos
los que participaron en ésta!
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Reseñas de libros:

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